Seleccionar página
Crónicas. El riesgo

Gabriel Fernandez *

Publicado: miércoles, 30 noviembre 2022

La verdad sobre las armas nucleares. Los intereses que inciden sobre los Estados que las
poseen. Las distintas posiciones. ¿Puede ocurrir?

En agosto de este agitado 2022 se concretó la décima Conferencia de Revisión del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). Prevista para el 2020 –medio siglo de su entrada en vigor-, fue suspendida por la pandemia. Ante los tironeos, se optó por la emisión de varios pronunciamientos que sinceraron el estado de la situación. También se estableció un nuevo formato: el de los Compromisos Voluntarios Conjuntos para que grupos de Estados coincidentes acuerden libremente sobre puntos conflictivos.

Los cambios reflejan la división existente. Entre las posturas, se registraron diferencias en la reducción de riesgos, la transparencia en la información sobre los arsenales y –claro- las iniciativas de desarme. Previamente, en Viena, se había desplgado un cónclave de los Estados que forman parte del Tratado sobre la Prohibición de Armas Nucleares (TPNW); son 69 naciones sobre las 194 que configuran el planeta. También en la capital austríaca se plasmó una Conferencia de Revisión destinada a adecuar e implementar el TNP y a integrar nuevos miembros para “sintonizar con realismo la negociación diplomática nuclear”, según la convocatoria.

¿Quiénes son? Los Estados con armas nucleares “legales” según el TNP emitieron una declaración conjunta que pretendió mostrar la voluntad de prevenir una guerra nuclear, frenar la carrera armamentística  y garantizar la seguridad de los arsenales. Bajo la consigna “Una guerra nuclear no puede ser ganada y nunca debe ser librada”, firmaron el documento los Estados Unidos, Rusia, China, Francia y el Reino Unido. En línea, se ratificó el Nuevo Start, instrumento jurídico de control. Todo bien, pero en realidad los protagonistas sólo consiguen permitirse un cese en la fabricación (¿para qué más?) pero bajo ninguna circunstancia una reducción que retraiga su poderío.

No son esos cinco los únicos que portan las llamas de la destrucción. En la actualidad hay ocho países que han detonado con éxito armas nucleares. Además de los citados, cabe mencionar a India, Pakistán y Corea del Norte. Y el asunto no concluye allí. Israel se niega a confirmar o a desmentir si existen las doscientas armas nucleares que los auditores del TNP aseguran haber detectado. En un nivel similar, incluyen a Irán, Arabia Saudita y Armenia.

Como puede comprenderse a simple vista, algunas potencias enfatizan el riesgo que implica Israel, mientras otras ponen el foco sobre Irán. Vale detenerse en esos casos, aunque el resto también ofrece perfiles significativos.

Israel no es miembro del TNP. Posee el Centro de Investigación Nuclear del Néguev, cerca de Dimona; ni un solo dato se ha conocido sobre las labores allí desarrolladas. Sin embargo, los analistas de imágenes identificaron bunkers de armas, lanzadores de misiles móviles y rampas de lanzamiento. Se sospecha que Israel ha probado un arma nuclear junto con Sudáfrica pero esto nunca ha sido confirmado. Lo cierto es que la Federación de Científicos Estadounidenses, entre otros organismos, afirma que Israel cuenta con un arsenal superior a las 200 armas nucleares. 

Irán viene desarrollando la tecnología de enriquecimiento de uranio y ha sido acusado por las naciones occidentales de hacerlo con fines armamentísticos. La República Islámica insiste que sus intenciones están limitadas a la generación de energía nuclear interna con fines pacíficos; se le objeta que se han detectado trazas de plutonio. Desde el 4 de febrero de 2006 el Organismo Internacional de Energía Atómica suspendió a Irán del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en respuesta a las preocupaciones occidentales sobre sus posibles programas nucleares. A diferencia del caso anterior, no se han detectado instalaciones.

La ecuación entre investigación y armamentos es muy compleja y abre las puertas a un debate en el cual es habitual posicionarse a la izquierda y concluir a la derecha. Desde hace tiempo se han extendido los argumentos antinucleares: con la atractiva bandera de la paz niegan a las naciones la posibilidad de elaborar energía limpia y de enorme efectividad. Debido a los avances científicos y a las ostensibles necesidades energéticas de la humanidad, la generación nucleoeléctrica ha crecido a un ritmo sostenido y se estima que contribuirá con el 25% del consumo mundial para 2050. A los casi 450 reactores nucleares que producen electricidad en 30 naciones, se suman otros 60 en construcción en los Estados Unidos, China, Finlandia, Francia, Corea del Sur, la India y Rusia.

En la Argentina, la energía nuclear tiene una historia de más de 60 años, con respetada y admirada continuidad. La actividad nuclear ha sido un polo de desarrollo de la industria nacional y ha funcionado como incubadora de empresas públicas y privadas, comenzando por Invap. El país exporta en paridad con las potencias mundiales y hoy construye un reactor de potencia muy avanzado, el Carem-25, cuya concreción abre grandes oportunidades comerciales en el orden mundial. Como se sabe, los recientes acuerdos con China facilitarán la construcción de la planta Atucha III. ¿Por qué resignar ese potencial?

Para cubrir las exigencias energéticas en forma racional, la mayoría de las naciones opta por una mezcla de fuentes. En el panorama actual, la combinación de los combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas), la energía nuclear y la hidroeléctrica son aptas para sostener el desarrollo industrial de un país. Las energías renovables, solar y eólica, en su estado de desarrollo, además de ser costosas, no pueden sustituir a las anteriores, sino para usos reducidos. La energía nuclear permite la obtención de energía eléctrica, térmica y mecánica a partir de reacciones atómicas. Los reactores funcionan con la fisión de Uranio-235. Sin ella, es imposible diseñar una industria a gran escala.

Como evidencia de lo intrincado del panorama, un puñado de países proclamó el cierre de sus reactores de potencia, pero algunos como Suecia y los Países Bajos se han vuelto atrás. El caso de Alemania es interesante, ya que mantiene esa postura pese a que le exige fuertes compras de electricidad de origen nuclear a Francia. Resulta asimismo paradójico que dicho país siga albergando en su territorio armas nucleares por los acuerdos con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Es claro que estos objetores no han abandonado la tecnología nuclear al mantener en operación sus reactores de investigación y producción de radioisótopos. Los especialistas meten el dedo en la llaga y les recuerdan que esa acción representa una continuidad con idéntico nivel de supuesto riesgo que el que pretenden reducir al abolir la generación de energía por medios nucleares.

A pesar de la radicalidad del planteo de los llamados ideólogos antinucleares, el interés genuino de los Estados por esta fuente de energía existe y crecerá. Se asienta en la baja contaminación, los altos niveles de seguridad y también en la competitividad en costos.

Se pueden presentar distintos perfiles políticos para evaluar el comportamiento de cada protagonista, pero hay coincidencias en un diagnóstico emitido por la Agencia Internacional de Energía (IEA): sin energía nuclear para numerosos países sería imposible cumplir con sus metas por el Acuerdo de París, destinado a morigerar el cambio climático. Aunque se ha estigmatizado esta actividad, sobre todo después de Chernobyl y Fukushima, los mayores desastres de la historia fueron generados por otras industrias.

Lo hemos planteado en el texto Terraformar la Tierra: El ser humano es parte de la naturaleza y sus creaciones no tienen por qué ser evaluadas como dañinas para el planeta. En vez de retraer el desarrollo hacia la anulación, es razonable que la peligrosidad de cualquier industria se reduzca con tecnología, inversiones y operación responsable. Lo cual necesita aplicarse a la gestión de residuos nucleares, campo en el que existen tecnologías avanzadas para reducir los riesgos.

Cuando este periodista consultó a expertos del Invap, recibió una respuesta para considerar: “Cabe reflexionar si vale descartar la energía nuclear en su totalidad por cuestionar un acuerdo o por promover otras fuentes de energía. Nuestro país no se puede dar el lujo de eliminar sus logros tecnológicos. Tiene que profundizarlos. El Gobierno debe arbitrar los medios para informar a la sociedad y alejarla del prejuicio, del temor y la manipulación, misión que los demás actores del área nuclear deberían hacer suya. Se trata de desmantelar falsedades sobre la base de verdades. Las fuentes en el mundo de hoy están al alcance de la mano”.

Dentro de la gigantesca campaña mediática desatada ante la situación ucraniana, emergió en los tiempos recientes la versión, lanzada al azar, sobre planes rusos para utilizar armas nucleares en la resolución del conflicto. De poco sirvió la terminante desmentida del Kremlin. El análisis a fondo del panorama en despliegue evidencia que el peligro puede provenir de zonas político económicas en baja, y no de la responsabilidad evidenciada durante los años recientes por las potencias emergentes. En buena medida porque estas visualizan el futuro al alcance de la mano. Entonces ¿por qué destruirlo?

La Federación de Rusia tienen bastante para decir al respecto. Serguéi Lavrov, ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, declaró que es inaceptable para su país que las armas nucleares de los Estados Unidos estén en Europa, y añadió que es hora de devolverlas a casa. “Es inaceptable para nosotros que, contrariamente a las disposiciones fundamentales del Tratado sobre la no Proliferación Nuclear, las armas nucleares estadounidenses todavía se encuentran en el territorio de varios países europeos. (…) Ya es hora de que esas armas nucleares se retiren y la infraestructura asociada en Europa se desmantele por completo”, apuntó.

Hay más voces, puesto que existen otros intereses. Los Estados sin armas nucleares, la mayoría, han manifestado su preocupación por el visible rechazo al desarme de quienes portan el haz de la muerte. Así nació el Tratado sobre la Prohibición de Armas Nucleares, cuyo puntapié inicial se registró en enero de 2021. Allí el tajo es fuerte, ya que ningún propietario de arsenales participa del mismo. El realismo agudo de analistas asiáticos pero también occidentales coincide, casi con las mismas palabras en sus respectivos idiomas, que la nueva formación “tiene exclusivamente el carácter de simbólica condena moral”.

Los fundamentos propuestos por estos críticos, de todos modos, son sólidos. A la evidente amenaza de extinción le añaden los costos de mantenimiento. El cuidado, el control y el mejoramiento de las instalaciones destinadas al armamento nuclear consumen, anualmente, 72 mil millones de dólares. Esa inversión es imprescindible, pues no parece recomendable dejar algún enchufe en corto circuito cuando de su buen funcionamiento depende que las cúpulas estén bien cerradas. Los Estados sin armas nucleares evalúan que ese gasto debe anularse a través de la eliminación de los misiles, pues se trata de una erogación destinada a un armamento que nadie quiere utilizar.

La ausencia de poder para plasmar esta idea no debería confundirse con las habituales pugnas locales. El Viejo Topo, piensa. A veces, genera impulso a partir de un pensamiento exacto, con proyección.

Ahora bien ¿Es posible que alguien utilice armas nucleares? Como verá, lector, el problema no es sencillo. Por un lado las naciones ligadas a la OTAN se consideran las únicas autorizadas por algún designio trascendente a poseer armamento nuclear. Aquellas regiones que alcanzaron capacidad para elaborar esas lanzas atómicas pero discrepan con la orientación atlantista son caracterizadas como una amenaza y las que poseen tecnología que les facilite su elaboración deben ser bloqueadas o absorbidas. En sintonía, la humanidad debería confiar en una dirigencia tradicionalmente belicista y objetar conducciones surgidas de Estados que se han mostrado sobrios y responsables a la hora de utilizar la violencia.

La derivación de esta esgrima, sin embargo, puede ser aún peor. Lo que se intenta por estos tiempos es la difusión de dos líneas argumentales, parcialmente contrapuestas y dirigidas a distintos espacios. La primera queda indicada en el segmento anterior, y su fase “polémica” está orientada a un activismo humanista que compra productos conceptuales sin averiguar su origen ni constatar su veracidad: se trata de la equiparación de la energía nuclear en toda la línea con la realización de armamentos apocalípticos. Esta variante, de resultar exitosa, privaría a más de la mitad del planeta de generadores energéticos que la dejarían inerme ante los poseedores de esa capacidad de elaboración.

Se pudo percibir en los encuentros mencionados en el primer tramo de este artículo: nadie piensa desarmarse y ninguno considera la posibilidad de admitir la vara del otro para ejercer control sobre lo ya existente.

Pensemos juntos. Cuando hablamos del bloque anglosajón y la OTAN es preciso recordar que desde hace pocas décadas el poder concentrado se des territorializó parcialmente. Los Estados “políticos” fueron debilitados y puestos a disposición de las grandes corporaciones financieras con múltiples variantes. La Defensa, para el Norte, quedó articulada en base al financiamiento público de empresas de armamentos y mercenarios que remiten sobre sí mismas, no sobre la opinión pública y el voto de la sociedad.

Por eso, entre otras cosas, se han realizado acciones difíciles de aprehender: ajustes económicos sobre las propias poblaciones, ataques militares sobre los propios objetivos. ¿Qué importa? Sirven para victimizar a los victimarios. La población norteamericana, por caso, no decide el rumbo del gobierno de su país. Las decisiones estratégicas ya no se adoptan en las cumbres oficiales. Se está eliminando la política en las zonas controladas por el antiguo régimen.

Entonces, resuelto el problema de quién toma la decisión, la pregunta es si resulta técnicamente posible efectuar un ataque nuclear y lograr algún porcentaje de supervivencia.

Numerosos expertos indican que un ataque y su réplica iniciarían un deterioro planetario indetenible. Ni hablar si se producen contra réplicas. Pero hay varios trabajando en silencio para las corporaciones más empinadas (las que decidieron el avance hacia el Este para rodear al Oso, las que intentan frenar el sendero Multipolar), que ponen en duda el aserto.

Esos científicos piensan que un ataque nuclear acotado, muy mensurado y a la vez “mesurado”, puede devastar una región pero dejar en pie otras. Sus jefes estiman que la responsabilidad y el espíritu de supervivencia de las dirigencias de las naciones emergentes las llevarán a dejar de lado la contienda y aceptar nuevas condiciones.

El mundo es de los audaces, sentencia el refrán popular.

Quizás, asimilando los antecedentes, esas jefaturas corporativas piensen en una nueva falsa bandera.

Reformulemos el interrogante desde otra perspectiva.

¿Alguno de los portadores de destrucción piensa realmente en utilizar armas nucleares? A diferencia de otras instancias guerreras, la perspectiva de aniquilación integral de la vida conlleva a la presentación de una respuesta negativa. Una sana respuesta negativa.

Sin embargo, ciertos comportamientos previos permiten la instalación de alarmas en el corazón de la especie. Podríamos preguntarnos, por caso, si algún imaginador pudo prever que el supra poder resolvería atacar las propias Torres, símbolo del vigor financiero, y hasta el Pentágono, emblema de su sostén militar. Sin embargo, lo hizo.

Para sorpresa de todo el planeta, lo hizo.

Así que nada puede descartarse.

* Director La Señal Medios / Area Periodística Radio Gráfica / Autor de Fuentes Seguras

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cuadernos de Bitácora se propone salir cada dos semanas y se distribuirá en la redes sin limitaciones ni pagos como condición para leerla.
No obstante necesitamos suscriptores voluntarios para solventarla. Acá podés apoyarnos:👇

Para suscribirte por $200/mes, hacer clic aquí.
Para suscribirte por $500/mes, hacer clic aquí.
Para suscribirte por $700/mes, hacer clic aquí
.

Regresar al Sumario N°5

Edición Especial Perú

Sumario N°4

Sumario N°3

Sumario N°2

Sumario N°1