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La resistencia del hueso

Nicolas Mederos *

Publicado: viernes, 21 julio 2023

Hueso

Curiosa es la persistencia del hueso
su obstinación de luchar contra el polvo
su resistencia a convertirse en ceniza
La carne es pusilánime
recurre al bisturí a ungüentos y a otras máscaras
que tan sólo maquillan el rostro de la muerte
Tarde o temprano será polvo la carne
castillo de cenizas barridas por el viento
Un día la picota que excava la tierra
choca con algo duro no es roca ni diamante
es una tibia un fémur unas cuantas costillas
una mandíbula que alguna vez habló
y que ahora vuelve a hablar
Todos los huesos hablan penan acusan
alzan torres contra el olvido
trincheras de blancura que brillan en la noche
El hueso es un héroe de la resistencia.
– Oscar Hahn

El pasado 6 de junio se anunció el descubrimiento de un nuevo cuerpo en el Batallón 14. ¿Cómo evitar que una noticia como esa no remueva las fibras más íntimas de nuestro ser? Así y todo, durante las primeras horas la necesidad de saber choca con la prudencia del decir; la urgencia de conocimiento golpea de frente con el proceso necesario para que los procedimientos de reconocimiento tengan su lugar y su tiempo.

Junto a la noticia, casi de inmediato circuló un audio en el que un operario de la máquina excavadora, que es además un funcionario municipal expresamente designado para esa función por la Intendencia de Canelones, expresaba con la palabra entrecortada el profundo impacto del hecho: “Vos sacá la cuenta, que yo empecé a excavar acá antes de la pandemia. Hemos estado excavando incansablemente, la verdad, metro a metro todo este campo, y hoy se dio. Por fin se dio. Estaba excavando acá y a eso de las diez y algo de la mañana, en una de las fosas que estábamos haciendo cuando traigo con el tacho para atrás saltó la cal y me doy cuenta que pegó en la máquina… enseguida cayó el cráneo, quedó rodando dentro de la fosa”.

Así intentó poner en palabras lo que sintió al encontrar el cuerpo, un nuevo anhelo de verdad disputada: “Es inexplicable lo que sentís, una cosa es contarlo y otra es estar arriba de una máquina y ver que hay un cuerpo metido dentro de la tierra. No es fácil. Ya van cuatro años que estamos en esto y es lo que estamos buscando, lo que pasa es que se junta todo: felicidad, emoción, te sentís con una tranquilidad de que entre tanta gente desaparecida, encontraste a una persona”.

El día 22 de junio, la antropóloga Alicia Lusiardo e integrantes de Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos y Desaparecidos, en una conferencia de prensa desde su local, anunciaron que el cuerpo encontrado es el de una mujer joven.

Por un lado, la emoción desborda.

Por el otro, Ignacio Errandonea, uno de los voceros de la organización, pide tener calma y paciencia. Afirma que todos quieren ponerle un nombre a este cuerpo, pero que se debe aguardar los resultados de la investigación antes de poder asignarle la identidad definitiva.

Sin embargo, en ese tiempo de inevitable espera se remarca la necesidad de insistir en el reclamo: el gobierno debe exigir a las Fuerzas Armadas la información para saber dónde se encuentran los familiares que continúan en condición de desaparecidos y, por lo tanto, de secuestrados por el Estado, cuestión que verdaderamente constituye una agravante.

La patria rota: una madrastra caníbal

La desaparición forzada de personas es un crimen de lesa humanidad que, en tanto tal, es imprescriptible por su gravedad, pues además de su masividad y de la participación estatal, viola la Declaración de Derechos Universales del Hombre: el derecho al reconocimiento de personalidad jurídica, el de la libertad y la seguridad, el de no ser torturado y tratado inhumanamente, el derecho a la vida y a la identidad, a tener un juicio imparcial y tener garantías individuales, a la verdad, a la indemnización y a la reparación.

En ese sentido, se considera desaparición forzada solamente aquellas que fueron cometidas por agentes gubernamentales particulares o grupos operativos que actuaban en nombre del gobierno o con su apoyo.

Así, la desaparición forzada de personas fue, como han señalado múltiples investigadores, parte de un plan sistemático; es decir, se trató de una verdadera política de exterminio. La monstruosidad del acto, quienes lo hicieron, así como también las necesarias responsabilidades criminales de determinados individuos, no deben hacernos perder esta dimensión.

Las desapariciones forzadas fueron también un plan orientado a disciplinar a la sociedad por medio del terror: primero, a sus víctimas directas, a reprimir a organizaciones políticas y a sus integrantes; segundo, a provocar el miedo general que debía operar en la sociedad toda de modo ejemplarizante, dirigido a despolitizar principalmente a la clase trabajadora (Broquetas, Caetano, 2022).

Así, los militares se sintieron defensores de un orden que debía ser restaurado, debían reorganizar una sociedad que estaba sumida en el caos. Se trataba de una verdadera cruzada civilizatoria. Pero no debe olvidarse que hubo además una obra económica que puede resumirse en que, al final de la dictadura, Uruguay tenía 46% de pobreza (Broquetas, Caetano, 2023).

Por eso es necesario comprender el carácter cívico-militar de la dictadura uruguaya: los militares no estaban solos, fueron reclamados y apoyados por organizaciones, por grupos sociales e incluso por destacados medios de prensa. Los mismos de siempre: la mano oculta que estuvo detrás de cada golpe conservador en la historia del país.

Parafraseando a Karl Marx ([1852] 2003), los desaparecidos “no fueron un rayo caído desde un cielo sereno”.

Por eso la aparición de un cuerpo cae como un frío martillazo sobre el persistente método de la negación que se hace carne en la desmemoria colectiva, que busca sustentarse sobre las mentiras repetidas y sistemáticas. Esa es la fiel postura asumida por parte del cuerpo militar, que durante todos estos años se ha opuesto de forma tenaz a brindar información que ayude en su búsqueda a los familiares de los desaparecidos. Así, la verdad es una pretensión de los valientes y debe decirse que, sumada a larga lista de crímenes perpetrados contra su propio pueblo, los militares responsables de estos hechos cometieron una de las peores faltas a su profesión: la cobardía. En primer lugar, con sus actos (la categoría misma de desaparecido incluye necesariamente otras, como secuestro, tortura, asesinato), y en segundo lugar, cuando no asumieron lo sucedido, negando o brindando informaciones falsas que no llevaban a ningún sitio.

Es que me olvido que tú vienes, desde otra muerte a visitar

El psicoanalista Jean Allouch (2019) define que el desaparecido se encuentra como tal, condenado a vivir en un porvenir demasiado largo, un porvenir que no deja de durar, en una temporalidad indefinida, no pudiendo producirse la segunda muerte, esa que borra la huella de alguien que ha vivido y que pertenece al destino de todo ser humano. Desaparecer no es un final ni una terminación, sino algo sin fin. Desaparecer no es morir; el desaparecido permanece en el espacio incierto entre dos muertes, y quienes esperan al desaparecido están condenados a permanecer en ese tiempo largo, eterno, extenuante e indefinido.

En una célebre conferencia de prensa de 1979, el general Jorge Rafael Videla, entonces dictador de la República Argentina, lo expresó del modo más perverso y cínico: “Le diré que frente al desaparecido, en tanto este, como tal, es una incógnita. Mientras sea desaparecido no puede tener tratamiento especial porque no tiene entidad. No está muerto ni vivo, está desaparecido”.

De este modo, la aseveración también evidencia el objetivo de la desaparición como un sistemático plan político. Si no hay muerto, no hay entidad, no hay existencia, no es. Según la propia confesión de Videla, el término elegido para el plan de ejecución y desaparición de personas fue “disposición final”, al tratarse de un término “muy militar”, pues se refiere a algo inservible, gastado, que ya no tiene vida útil (Reato, 2013). Gabriel Gatti (2022) se pregunta sobre la naturaleza de la desaparición forzada de personas, que muchos piensan como un hecho ubicado alto en la escala de brutalidad superior que en alguna medida habría contravenido una suerte de regla de progreso en los procesos civilizatorios. La desaparición sería una especie de retroceso a la animalidad de lo humano, la expresión de aspectos no sometidos, no domesticados, que se habrían liberado. Al respecto, afirma Gatti: “Más que la hipótesis de un derrumbe civilizatorio o de una súbita barbarización (sea ajustada a lo que ocurrió en los años 70 y 80 del siglo XX), la que sostiene que a lo que asistimos es a la exacerbación de la racionalidad, que la desaparición forzada de personas no es barbarie, sino modernidad exacerbada” (2022: 52). Como lo anunció Francisco Goya: el sueño de la razón produjo monstruos. El desaparecido se encuentra en una especie de no lugar, es un no cadáver, un no muerto, una especie de fantasma que puede estar en cualquier sitio. Su figura desconcierta por no poder ser situada en la dimensión del tiempo y del espacio (las dos coordenadas básicas en las que los seres humanos organizamos nuestras vidas).

Tal como analiza Panizo (2010), la categoría de desaparecido no puede insertarse en ninguna categoría reconocida socialmente. Impide la posibilidad de realizar los rituales mortuorios sociales que permiten organizar las experiencias emocionales, afectando la posibilidad del duelo y el luto, necesarios para que la muerte pueda ser habitada. El desaparecido queda en un espacio liminal forzado, es un no estar en ningún lugar, quedando en estado de suspensión, inclasificado, porque sin cuerpo no hay necesariamente muerte.

Para Catela (2001), los familiares de un desaparecido que aguardan se encuentran en un tiempo de espera eterno en el que la vida permanece incompleta.

Karina Tassino, hija del desaparecido militante comunista Óscar Tassino, en su discurso en el acto de cumplimiento de la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en el Palacio Legislativo el 15 de junio de este año, expresó: “[…] con el descubrimiento de un cuerpo todo se detiene, la angustia estalla el pecho, el llanto se escapa. Aunque aún no sabemos quién es, apareció un cuerpo. Miro detenidamente la foto de papá y pregunto: ¿Sos vos? 46 años después me sigo preguntando: ¿Sos vos, papá?”.

Vincianne Despret (2021) analiza el lugar que ocupan y la importancia que tienen los muertos entre los vivos, afirmando que los muertos tienen un modo de existencia, tienen un lugar y una inscripción. Los muertos deben ser situados. Por el contrario, los desaparecidos no pueden ser situados, no tienen un lugar, no tienen entidad. Sostiene Despret que los homenajes son necesarios porque amplifican la existencia, el muerto gana realidad, la muerte activa insufla vida. El desaparecido no puede entrar en esta dimensión de la muerte que se vuelve necesaria y por eso cada descubrimiento provoca entre los familiares tal emoción y remoción vital.

El descubrimiento de un desaparecido, su desenterramiento, la aparición del cuerpo, lo sitúa, le da realidad, rompe la persistente negación y sus perversos efectos de irrealidad. Al recuperarse el cuerpo se recupera también una historia, un nombre. Se logra poder ser resituado física y simbólicamente. Encuentra un lugar, un espacio, y una inscripción en una historia. Confirma, a pesar de todo lo dicho por los negacionistas, la necesidad de la persistencia de la búsqueda, su legitimidad e importancia, porque cada aparición es un triunfo contra la impunidad. A decir de Tzvetan Todorov (2000), “la vida ha sucumbido ante la muerte, pero la memoria sale victoriosa en su combate contra la nada”.

* Escritor y profesor de Filosofía.

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