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Latinoamérica en pensamiento político del siglo XX

Carlos Avondoglio *

Publicado: lunes, 11 diciembre 2023

El autor realiza una cartografía mínima de escrituras y discursos en torno de la unidad regional producidos por el pensamiento político —de raíz nacional latinoamericana— durante la segunda mitad del siglo XX. A continuación, la primera parte.

Cuando pensamos en la unidad de América Latina y el Caribe casi siempre nos remitimos, aun sin quererlo, a un ideal muy grande y muy antiguo.

—A un postulado ingenuo y artificial, murmurarán desde alguna esquina los más escépticos. A un exceso de fe, se apiadará alguno.

Ciertamente, la majestuosidad quijotesca con la que se la suele revestir ha ido borroneando los contornos de una causa que supo mover montañas (físicas y espirituales), disolviéndola entre los vapores de una verborragia tan colorida como rutinaria, conjugándola en un eterno pretérito o en un futuro escurridizo, o encumbrándola, en palabras de Mariátegui, “a una altura inasequible a gestas y hombres menos románticos” que los que animaron las luchas por la independencia.

Es necesario, entonces, apartar por un momento las retóricas henchidas de buenas intenciones1 —pero a menudo desprovistas de buenas razones— así como su contracara, los indiferentes recetarios tecnocráticos, y efectuar un doble movimiento que implique relocalizar los fundamentos políticos de la unidad regional para, sobre esas bases, despejar su sentido en el presente.

***

Primero fueron las armas, con San Martín, Bolívar y Artigas. Luego las letras, con Manuel Ugarte y la generación del ‘9002. Por último, y hasta la actualidad, la política, con Juan D. Perón como principal arquitecto. He ahí el itinerario básico de la lucha por la unidad latinoamericana: armas, letras y —reabsorbiendo al conjunto— política. En este último momento la historia quedó, digamos, demorada. De allí la importancia de sumergirnos en él y en el pensamiento que se acumuló bajo su cauce3.

Pese al salto de escala que supuso el peronismo, dicho movimiento no ejecutó los primeros compases en el ciclo político de la unidad regional. Hay una generación que, dos décadas antes del ascenso de Perón al gobierno, ensayaría ese pasaje de la divulgación a la lucha política. Se trata, como deducirá el lector(a), de la juventud latinoamericana que tuvo como principales emblemas a los peruanos Víctor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariategui4.

Si la suerte política de esa juventud rebotó entre los estrechos márgenes de los sectores medios de la sociedad, sus planteos, no obstante, penetraron por diversos caminos en la conciencia de las masas populares. Forjadores de un discurso punzante que brotó como un rumor en los pasillos universitarios y se amplificó en tarimas improvisadas en las calles de las grandes ciudades, estos jóvenes lograron tender un conducto con los retos pendientes de nuestra entreverada historia. Retos que, por encontrarse orillados y envueltos en telarañas, no dejaban de sangrar, condenando a los pueblos latinoamericanos a un presente y un futuro anémicos.

Se produjo así una verdadera restitución intelectual que poco más tarde trocaría en voluntad política. Una restitución que, para ser justos, aquella juventud le debía a la generación precedente, la cual —primero a base de tanteos, mas luego con determinación5— se había entregado a la espinosa tarea de desarmar la historia parcelada de las patrias chicas para encontrar lo que se escondía en sus mazmorras: las coordenadas de una patria o nacionalidad superior. Un algoritmo que permitía recodificar, tras un largo extravío europeo, el destino de estos países.

Hoy sabemos que el precio que aquellos hombres del ‘900 pagaron por semejante insolencia fue el olvido planificado. Pero ese inmerecido desdén que, como una lápida, cayó sobre ellos, no pudo impedir que sus ideas asfaltaran el camino para los que vendrían luego. Efectivamente, fue sobre sus anchos hombros que la juventud reformista pudo anunciar el campanazo de una hora americana en junio de 1918. Y fue probablemente gracias a su ardua tarea que, hacia 1924, Mariátegui podía aseverar: “Los pueblos de la América española se mueven, en una misma dirección. La solidaridad de sus destinos históricos no es una ilusión de la literatura americanista. Estos pueblos, realmente, no sólo son hermanos en la retórica sino también en la historia”6.

Contando apenas veintitantos años, el hijo más renombrado de esa generación, Víctor Raúl Haya de la Torre, se refería a nuestro tema de la siguiente manera:

Uno de los más importantes planes del imperialismo es mantener a nuestra América dividida. América latina, unida, federada, formaría uno de los más poderosos países del mundo, y sería vista como un peligro para los imperialistas yanquis. Consecuentemente, el plan más simple de la política yanqui es dividirnos. Los mejores instrumentos para esta labor son las oligarquías criollas y la palabra mágica para realizarla es la palabra ‘patria’. Patria chica y patriotismo chico, en América latina, son las celestinas del imperialismo […]. […] Y saben bien quienes en América latina nos dominan que el culto de la patria chica es un culto suicida. Saben bien que dividir nuestra América con odios es abrir las puertas al conquistador […]. […] ¡Sí, lo saben; no es cuestión de enseñárselo! […]. El único camino de los pueblos latinoamericanos que luchan por su libertad es unirse contra esas clases […]. Acusar y castigar a los mercaderes de la patria chica y formar la patria grande. […] Nos preparamos para la lucha; nos preparamos para la obra de unir a los pueblos de América latina bajo la égida de los trabajadores. Nos preparamos a defenderla del conquistador y a defenderla del traidor.7

Víctor Raúl Haya de la Torre, por Juan Carlos Silva. Fuente: Internet.

Allí aparece, desnuda, la fórmula invariable que los centros mundiales de poder (con Gran Bretaña a la cabeza) han desplegado en nuestra región desde el minuto final de las guerras de la independencia, e incluso desde antes, cuando comenzara a languidecer el dominio español sobre estos territorios. Con la mirada atenta en este problema, el fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) dedicó muchos de sus artículos, cartas y mensajes a pasar en limpio los factores que hacían de la unidad regional un requerimiento político y económico impostergable, base de la soberanía y de la libertad de los pueblos de la América meridional y central:

En el mapa económico del mundo, Indoamérica es una sola región colonial o semicolonial. Hasta hace pocos años en algunas de nuestras Repúblicas, en las más avanzadas de Sudamérica especialmente, existía la ilusión de la independencia económica. Particularmente en los países donde la influencia inglesa —detenida en sus efectos políticos por la rivalidad yanqui— no había sido balanceada o superada por ésta. […] La cuestión que hoy plantea el imperialismo a nuestros pueblos es una cuya respuesta no puede eludir ninguno: ¿Estáis seguros de vuestra libertad? ¿Sois, en realidad, Estados soberanos? […]. El problema primario de nuestros países es, pues el problema de la libertad nacional amenazada por el imperialismo que impedirá por la violencia todo intento político o social de transformación que, a juicio del imperio yanqui, afecte sus intereses. […]. […] Nuestra primera tarea política es, consecuentemente, la tarea de defender nuestra soberanía. En esta obra de defensa ningún país aislado puede obtener la victoria. Si el peligro es común, económico con proyecciones políticas, la defensa tiene que ser también común. De ahí la necesidad elemental de un partido de franca orientación antiimperialista; partido único indoamericano que lleve un plan expreso de acción realista para afrontar el gran problema. Y un partido así no necesita de interminables programas complicados. Basta uno breve y conciso que exprese un enunciado sintético de doctrina y de acción comunes.8

Nada menos que un partido único indoamericano de orientación antiimperialista. Los sables de San Martín y Bolívar resplandecían en las utopías de la joven generación latinoamericana. Y pronto volverían a cortar.

***

Si hay un mérito que podemos anotarle a la juventud de entreguerras —y esto independientemente de la deriva de algunos de sus máximos exponentes— es el de haber recorrido la convulsionada frontera entre dos épocas y depositado el mensaje en el remanso indicado, donde fuerzas más grandes aguardaban su tiempo9.

A comienzos de los años ’50, sería el líder del movimiento peronista el que tendería la viga maestra sobre la cual podía —y puede— edificarse la unidad de los países de Latinoamérica. Un escueto artículo y una conferencia de aquellos años contienen los fundamentos básicos de su proyecto; nos referimos a Confederaciones continentales de diciembre de 1951 (publicado en Democracia bajo el pseudónimo Descartes)10 y al mensaje leído el 11 de noviembre de 1953 en la Escuela Superior de Guerra.

El razonamiento esgrimido en el primero de esos documentos es muy simple, y de allí su fuerza: las luchas del futuro —sostenía Perón— serán por el predominio económico y estarán organizadas por el desbalance de población y recursos entre las distintas áreas del planeta11. En ese marco, América latina, codiciada por sus fabulosas reservas, sólo podrá dirigir su destino si se pone a la altura de la historia, es decir, si se conforma como un Estado continental. “Vivimos en el siglo XIX en pleno siglo XX” alertaba el entonces presidente, persuadido de que al siglo de las nacionalidades seguiría inexorablemente la era del continentalismo (que a su vez desembocaría en “la desaparición de las rivalidades, odios y divisiones continentales”)12.

En su breve escrito, el mandatario argentino proponía retomar la senda del ABC —la unión entre Argentina, Brasil y Chile—, proyecto ideado algunas décadas atrás por el Barón de Río Branco y que había sucumbido debido a los “trabajos subterráneos del imperialismo empeñado en dividir e impedir toda unión propiciada o realizada por los ‘nativos’ de estos países ‘poco desarrollados’ que anhela gobernar y anexar, pero como factorías de ‘negros y mestizos’”.

* Licenciado y Profesor en Ciencia Política (UBA). Integra el Centro de Estudios de Integración Latinoamericana Manuel Ugarte de la UNLa y otros espacios de investigación donde explora los estudios del pensamiento nacional sobre el movimiento obrero argentino.

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