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Lula, un tercer round en otro ring

Nestor Gorojovsky *

Publicado: jueves, 13 octubre 2022

Podemos dar por cantado el resultado de la segunda vuelta de las presidenciales en Brasil. Lula, que organizó una campaña para vencer en dos etapas a Bolsonaro, recogió voluntades desde los más diversos ángulos del arco político brasileño (incluyendo a su antiguo enemigo acérrimo Fernando Henrique Cardoso) y de este modo tiende a ponerle al actual presidente un techo que le resultará prácticamente imposible horadar.

La victoria en primera vuelta se convierte así en un trampolín hacia la tercera presidencia de Lula da Silva. Trabajosa como ha sido la campaña, mucho más complejo va a ser, debido a la composición del Parlamento que surge de la primera vuelta, gobernar. Allí, Bolsonaro se sabe muy a cubierto.

En cierto modo, se reitera un panorama parecido al de la Argentina después de 2019, donde el formidable salto positivo que obtuvo Mauricio Macri entre las PASO y la primera vuelta de la presidencial argentina le garantizaron al bloque antinacional un inmenso poder de veto parlamentario (que se intensificó en la elección de 2021).

Ese poder no sólo les aseguró hasta ahora una plena impunidad para todas sus tropelías entre 2015 y 2019, sino que además dispusieron de una capacidad letal de paralizar cualquier iniciativa que pudiera desmontar las grandes decisiones de su política (en primer lugar la cadena con que nos ataron al FMI).

Pero en la Argentina esta parálisis reaccionaria impide, por ejemplo, recuperar para el interés nacional a una magistratura donde Macri inundó las posiciones claves con la versión civil de la guardia pretoriana procesista del poder oligárquico. En Brasil las cosas son, en el plano judicial, menos graves. La trampa judicial/mediático/policíaca que tendrá que enfrentar Lula será más débil que la que sufrimos en la Argentina.

Angelici y Pepín mediantes, Macri -un fogoso amante del ocultamiento, los fisgoneos, las perversidades y las persecuciones- supo hacer las cosas en los juzgados mucho mejor que el basto Bolsonaro. Por eso aquí seguimos soportando un procurador de facto, una indigna Corte Suprema y un bastión proimperialista de Comodoro Py mientras que en Brasil el indescriptible juez Moro se hundió ya en el peor de los descréditos.

Los dos países con mayor Producto Interno Bruto de América del Sur, así, se encuentran en un difuso momento bisagra donde las fuerzas de la liberación nacional y la justicia social no terminan de recuperar la plena iniciativa, una situación que durará por un cierto tiempo.

La pelea se dará, sin embargo, en un marco muy distinto al que tuvieron que enfrentar los gobernantes de la «década ganada». El mundo también está en una transición, y el panorama se presenta sumamente prometedor para América Latina, si sabe dar pasos firmes hacia su unificación.

Diez años antes de acariciar el sueño del «siglo estadounidense» con la caída del muro de Berlín en 1989, nuestros principales enemigos comunes (a los que por comodidad podemos aglutinar como «el bloque otanista mundial») se compraron un gravísimo problema con la aproximación y los acuerdos entre China y Estados Unidos que empezaron en tiempos de Jimmy Carter y se concretaron en los de Ronald Reagan: el reemplazo de la Unión Soviética por China como el aspirante a vencer la hegemonía unilateral estadounidense.
Estados Unidos y Europa Occidental recién pudieron percibir esa consecuencia de la política de Kissinger, el cerebro de todo ese giro de alianzas, en esta última década, cuando China, que ya a mediados del siglo XX se había sacudido de encima el control y saqueo imperialista y colonialista, encontró en el marco de esos acuerdos la fórmula de su economía de mercado bajo estricto control del Partido Comunista, el camino para elevar sustancialmente su capacidad productiva y ya empieza a transformarse en el centro de la producción material del planeta que había sido hasta por lo menos el siglo XVIII.

En torno a China se está articulando a gran velocidad un nuevo orden mundial, en el cual las potencias colonialistas e imperialistas enfrentan desafíos cada vez más grandes. El principal de esos desafíos, visto desde el centro de ese bloque, es la natural y creciente inclinación de las grandes potencias de Europa Occidental a negociar con China antes que con Estados Unidos. La respuesta de Washington fue la provocación desde Ucrania a Rusia, que tras recuperarse del golpe terrible a la URSS de Yeltsin y su pandilla de oligarcas y tecnócratas cipayos y codiciosos, entendió claramente la conveniencia de la unidad euroasiática y empezó a construirla activamente.

Así que las elecciones en América Latina están llevando al poder a gobiernos de signo popular en un período de la historia mundial en el cual, a diferencia de lo que ocurría hasta hace no más de diez años, el principal hegemón global y nuestro mal vecino del Norte -la burguesía imperialista estadounidense- empieza a tener preocupaciones que lo van distrayendo de ese «patiecito del fondo» que el inefable Biden quiso convertir retóricamente en «jardincito del frente».

Bajo esta tensión global -que al modo de ver de quien esto escribe equivale a la de una Tercera Guerra Mundial, que para evitar el holocausto final de una guerra termonuclear se libra por medio de medidas económicas y ejércitos mercenarios o guerras por procuración- el gran hegemón global tiene que atender simultáneamente a la ruptura de la alianza entre Rusia y China para reordenar el mundo poniendo a Eurasia en el centro y la fractura que existe en su propio seno sobre el rumbo a seguir en semejante desafío.

La victoria de Lula permitiría anudar finalmente el intento de nueva unidad americana que iniciaron el mexicano López Obrador y el argentino Fernández ya antes de que el segundo llegara al poder, con el rescate y salvataje de Evo Morales y su posterior apoyo a la recuperación del poder por el pueblo boliviano tras el golpe urdido, entre otros, por Macri y el gobernador jujeño de la UCR Gerardo Morales. Entre las aguas turbulentas de la coyuntura mundial y la repercusión dentro del bloque antinacional de las disensiones internas de los Estados Unidos, se abre por primera vez en la historia de América Latina la posibilidad de un triángulo México-Brasilia-Buenos Aires que inicie de una buena vez el camino de nuestra buenaventura común.

Que así sea depende de asuntos menos gigantescos y mucho más fundamentales: por ejemplo, de que las alianzas electorales para quitar del poder a los peores representantes del interés antinacional en América Latina puedan sostenerse contra los embates de un monstruo aún vivo y poderoso, por un lado, y contra las rencillas internas de movimientos políticos cuya dirigencia, salvo excepciones, no es capaz de identificar en la unidad de un «nosotros» a ser construido, el camino para cimentar un futuro nuevo para una América Latina liberada.

* Periodista, geógrafo, analista internacional.

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